Ser acogidos en oídos y almas a la vez.
Titubear nunca ante el sonido del trueno vistoso sobre el que montan los hijos del oro.
Apaciguar corazones sangrantes con la delicada caricia sónica que nos otorgó la providencia.
Hacernos erigir un templo secreto en las habitaciones adolescentes y, más adelante, en fabulosas vitrinas.
Cantar a nuestras anchas e instarlos a ustedes a lo mismo.
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